EL DELFÍN PERDIDO, relato de Josefa Paniagua

Pronto se vio arrastrado por las enormes olas a través del mar, vio la grisácea oscuridad dominando el cielo. Se avecinaba una tormenta. El delfín estaba tan confuso y perdido, que de haber podido habría gritado, se limitó a hacer ese ruido característico emitiendo una suave música en el agua, pero esta vez de auxilio al no encontrar a su familia.

Esa noche, el delfín estaba especialmente asustado ya que se oyó un estruendo, y era un relámpago que iluminó el aire, más allá de la línea de la superficie, y por ello comenzó a sacar la cabeza a ras del agua para ver y oír. El cielo cargado de nubes era negro, y no se veía nada alrededor. Las nubes se atropellaban, chocaban unas con otras, hasta desencadenar la tempestad. Llovía a mares, una lluvia de color púrpura.

Cuando la tormenta amainó, al día siguiente, Mario salió a pescar con su padre, utilizaban las redes y las técnicas ancestrales, las cuales, a través de anteriores generaciones fueron pasando enseñando a sus hijos y nietos. Se procuraban el sustento para salir adelante y que no les faltara la comida.

Al extender las redes los peces caían cientos de ellos en las redes. Se veía como salían fuera del agua y se podía contemplar sus formas plateadas y escamas brillantes. Quedaban enganchados en la red, una diversidad de peces de distintas clases y tamaños.

De repente, Mario divisó una silueta saltando alrededor de la barca. ¡¡Era el delfín!! su esbelta línea, su curiosa sonrisa, sus suaves sonidos, chasquidos,silbidos y aleteos que mostraba elegantemente antes de sumergirse de nuevo en el agua.

– ¡Papá, papá! ¡Aquí, mira, es un delfín…! ¡Es precioso! ¡Y muy bonito!

Su padre trató de tranquilizarlo.

– ¡Oh, vamos, vamos, está ahí! ¡Debéis creerme! – dirigiéndose a los demás pescadores.

– ¿Estás seguro de lo que dices? -dijo el padre de Mario.

– Papá, ¿te he mentido alguna vez?

– ¡Sí es verdad! -señaló su padre hacía donde estaba el delfín.

Mario al ver al delfín nadando alrededor de la barca, exclamó:

  • Vete… ¡vete! -le dijo al animal-. Ve con tu manada- ¡has de irte! ¡Si quieres ser libre, has de irte! ¡Vete!

Pero el delfín seguía desorientado y perdido y se acercaba a la barca como si fuera su última esperanza para sobrevivir. Es difícil entender por qué estaba mal, él se encontraba solo, sin su manada que pudiera alimentarlo y guiarlo.  

Cerca de allí un barco grande de pesca quería pescar al delfín y llevarlo a un delfinario con el único fin, de exponerlo para atracciones de grandes y pequeños. Con una lona lo levantaron hacía dentro del barco. Uno incluso mojaba constantemente al asustado delfín para que no se deshidratara.

Después de todo, aunque parece que “sonríe” pero la realidad es que sufren enormemente porque pueden sentir angustia, terror y dolor cuando están en cautiverio o perdidos sin el apoyo de su manada.

Verle allí, tan quieto y asustado y desvalido, sobrecogió el corazón de Mario.

  • Papá…

Hizo ademán de detenerse, pero él se lo impidió. Algunos de los rostros reunidos en la tristeza, miraban en dirección al barco donde estaba el delfín, este emitió una retahíla de ruidos, sonidos y gemidos lastimeros que surgieron de su interior. La cola se agitó una vez, una sola vez. Mario deseó correr para ayudarle, pero se lo impidieron.

  • No dejes que él te vea llorar. – le dijo su padre.

Lo llevaron al delfinario en donde lo metieron en una gran piscina junto a otros delfines que rescataron, pero el joven delfín se sumió en una profunda tristeza, Conforme pasaban los días seguía igual, no quería comer, ni siquiera jugar con los demás delfines. Nadaba en círculos constantes viendo el mismo fondo de la piscina. Conocía ya dos mundos, y sin embargo prefería el mar abierto donde anhelaba ser libre. No conocía la palabra resignación, su instinto se lo impedía.

Los que se han perdido o han sido apartados de su familia, los distribuyen a diferentes delfinarios alrededor del mundo, nunca vuelven a ver el océano ni vuelven a ser reunidos con su manada.

Pasaron unas semanas y cada vez se sentía más débil, hasta que un fatídico día se dejó morir, quizás de una profunda tristeza.

Cuando Mario fue a visitarlo al delfinario, lo encontró sin vida, no pudo despedirse de él, sus lágrimas brotaron desde lo más profundo de su ser y se preguntaba:

  • ¿Por qué?

No entendía que aquello era un sinsentido, no obtendría respuesta. Pero se prometió a sí mismo, cuando fuera mayor, salvar a los delfines y demás seres marinos.

Sabemos que en el océano profundo más grande del planeta está lleno de una gran variedad de vida marina única, incluyendo los corales y las esponjas que viven desde hace miles de años. Pero los arrastreros de fondo de aguas profundas los están destruyendo la vida marina, arrastrando gigantes y pesadasredes, fijadas a unos cables y a unas planchas de acero, cada una a través del fondo del mar, para atrapar a un pequeño número de peces pequeños y mamíferos.

Ninguna criatura humana o animal debería estar en cautividad, nacemos libres y libres deberíamos morir.


Amor por la Naturaleza, de la manos de Josefa Paniagua.

Muchas gracias por hacernos sentir lo maravilloso de vivir en Libertad, en respeto a todos los seres vivos”.

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