El amor de una madre nunca muere. Relato de Josefa Paniagua

María vivía con su pareja y sus dos hijas en una vivienda humilde. Un día el matrimonio acompañado de sus hijas, se fueron a comprar unos muebles para la habitación de sus hijas, a unos grandes almacenes. Cuando entraron en la tienda vieron un hermoso espejo dorado que llamó la atención. María se miró en él y se quedó fascinada, era como mirarse en las profundidades veraces y transparentes del tiempo transcurrido, no sólo miraba el reflejo de su persona, sino también veía las imágenes y los recuerdos de su juventud. Sin pensarlo, le dijo a su esposo que se lo comprara que significaba mucho para ella.

Pasaron los años y las niñas crecían mientras la mamá envejecía, aunque seguía conservando esa belleza latina que la caracterizaba. Al cabo de unos años, la madre enfermó gravemente. Ya no quería mirarse en el espejo, la enfermedad estaba haciendo mella en ella, por ello decidió taparlo con una sábana y guardarlo en la buhardilla. Sin cura ni remedio para su enfermedad, sólo la medicaban con morfina para aliviar sus fuertes dolores, y para que no sufriera tanto. Pasaron dos meses luchando contra esta terrible enfermedad, el maldito cáncer se cebó en María. Un buen día, sabiendo que se acercaba la muerte, llamó a sus hijas y les dijo:

─Violeta y Rosaura, que así se llamaban, quiero que me escuchéis bien: yo debo partir, pero no os aflijáis, porque aunque yo me vaya, siempre estaré con vosotras, cuando muera, quiero que conservéis el espejo dorado al que siempre le he tenido mucho cariño. Cuando os miréis en él, me veréis.

María murió una mañana de primavera, cuando las flores brotaron llenando los jardines, Violeta y Rosaura, recordando sus últimas palabras, y enjugándose las lágrimas, sacaron el espejo que estaba guardado en la habitación de la buhardilla, y Violeta al mirarse al espejo, vio a una mujer joven y hermosa, que sonreía al sonreír ella. Su hermana Rosaura al verse en el espejo se vio menos agraciada, pero se vio serena, de correctos modales, inteligente y orgullosa por todo lo que había conseguido con sus estudios. Sin embargo Violeta era más voluble, coqueta y sensible, pero también era inteligente. Todos los días se miraba en el espejo, ya que veía también a su mamá que era muy parecida a ella. Un buen día, su padre la descubrió hablando con el espejo:

─ ¿Qué haces, Violeta? ─ le preguntó su padre.

─Mira papá… ¡Me parezco mucho a mamá! Hablo todos los días con ella. Sonríe cuando yo sonrío. Parece que está aquí con nosotros. ¡Es ella! ¡Soy igual que ella!

Su padre se dio cuenta de lo que sucedía, pero aún, así le dijo:

─Así es, Violeta, te pareces mucho a tu madre… y tu hermana Rosaura se parece más a mí, habéis sacado la belleza de vuestra madre y la inteligencia de mí, estoy muy orgulloso de las dos, sois el mejor y maravilloso regalo que tu madre me ha dado en vida. Los hijos son el mejor regalo del amor.

Muchísimas gracias Josefa por este relato tan bello que une generaciones.

Abrazos lectores y que el AMOR nos una siempre 🥰

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