LA BICICLETA , relato de Lucinda Carod

No te vas a creer lo que me ha sucedido hoy, mamá. 

Resulta que por una vez te he hecho caso y me he puesto ese vestido de algodón amarillo que tanto te gusta, he recogido mi rebelde y largo cabello con un trenzado formando una corona de sien a sien y he humedecido tenazmente mis labios con ese carmín rojo de tono suave, el mismo que utilizabas tú y que nos queda bien a las dos.

Como comprenderás, ya estoy harta de estar sola en casa y de llorarle.  Va a hacer un año que se fue y asumo que con él y contigo se ha marchado la mitad de mi vida…pero a la otra mitad, la pienso rescatar y verás por qué. 

Me he ido al Barrio Viejo, a pasear, y como no podía ser de otra manera me he sentado en la terraza del River, custodiada por Sant Félix. Fascinada y divertida por la visión de los turistas encaramándose al trasero de la romana leona de piedra para darle un besito, según la tradición, la mesa de al lado que estaba vacía ha sido súbitamente ocupada e invadida por un grupo de ciclistas extranjeros, ya sabes, esos profesionales que lucen camisetas estridentes y queman sus energías y su piel de sol a sol. Con la que está cayendo, mamá, hay que ser zopenco para maltratar así a tu cuerpo!  Ojos azules que resaltan sobre ese barniz tostado y rojizo, cabellos pajizos…me doy cuenta de lo guapo que era mi marido. 

Pues bien, animados por el ambiente tardecino y por la cerveza fresca servida en generosas jarras de vidrio, alguno ha empezado a mirarme.  Sí mamá, parece ser que a pesar de todo todavía me conservo guapa, sus sonrisas y guiños en verdad me han sorprendido. 

Tú ya lo sabes, que me he incomodo un poco ante los hombres, no llevo bien eso de entablar conversaciones con desconocidos pero esos tipos medio albinos que hablaban un idioma extraño me han hecho señas para que me acerque y me siente con ellos, hasta uno se ha levantado de su silla y galante, me la ha ofrecido…

Y ahora viene lo bueno, mamá. 

Ha sido la bicicleta, de repente he sido consciente de esa bicicleta verde pálido de carretera apoyada contra el muro y he sentido un deseo irrefrenable de montarla y de huir de allí con ella. Algo en mi interior me ha dicho «hazlo, ya!» así que mientras triunfales ellos, se reían a carcajadas viendo cómo lentamente me incorporaba de la silla, en cuestión de segundos me he descalzado las sandalias y en un gesto rápido he saltado sobre esa bici incómoda e imposible y con mis pies, descalzos, me he puesto a pedalear a toda máquina clavándome las calas en las plantas, Dios mío, qué dolor he sentido!  pero avanzaba tan deprisa que ni un iracundo gigante normando me ha podido alcanzar mientras, taconeando como lo haría un bailaor, lanzaba graves gritos en su ininteligible lenguaje bárbaro.

Clack clack, las marchas iban solas, yo no entiendo de bicicletas y mucho menos de esas pero en unos minutos y tras una pronunciada ascensión, me he plantado ante las puertas de la vieja catedral de piedra blanca. 

Mis pies sangrando, han dejado sus huellas al entrar y cruzar la espaciosa nave en dirección al altar.  Alguien, vestido con una túnica blanca me estaba esperando, tras la enorme mesa de piedra y conforme avanzaba hacia él, el rosetón multicolor que tenía justo enfrente, ha comenzado a irradiar una preciosa luz de un color azul índigo… 

Derrotada, ante él me he arrodillado y me he puesto a sollozar.

Bienvenida Lucinda, es un placer compartir juntos.

Muchas gracias por este relato tan inesperado y todo lo que brindas con tu escritura en tu presentación. Da gusto leerte 🤓😘

Es tiempo de abrazar las letras y el barro 🥰✅🌍💚 Dos cualidades artísticas que te hacen FELIZ y a nosotros con ello también. ¡Manos a la obra! 😉

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