Las marcas de San Cosme Curador, cuento de Ricardo Lampugnani.

San Cosme Curador era un pueblo tranquilo, tradicional y pintoresco.

Don Tirrino había sobrevivido a duras penas a un accidente cerebrovascular. El médico que lo atendió pensó en el estrés y la contaminación, pero no conocía San Cosme Curador. De haberlo hecho, les habría echado la culpa a los chorizos, al carajillo y al vino, porque en San Cosme de contaminación, nada y de estrés, menos.

Don Tirrino se servía de un bastón para caminar. Aun así, daba saltitos como las gaviotas cuando intentaba sortear un obstáculo. Podía andar dos o tres pasos casi normales a los que seguían de manera inevitable una serie de contorsiones y piruetas acompañadas de sonidos parecidos al que hace una trompeta tocada por un principiante.

Aquel día, como casi todos, Don Tirrino hacía su paseo mañanero por las calles enlosadas y desiertas. El golpetear de su bastón reverberaba en las centenarias paredes y los cerros vecinos. Frente a la casa de Doña Lucrecia, dos círculos concéntricos rojos con un punto en el centro, pintados sobre el muro, lo detuvieron en seco. El eco se encargó de prolongar el sonido como si hubiese continuado caminando. Quizás por ello, todos en el pueblo dieron media vuelta en sus lechos y siguieron, si no durmiendo, haciendo tiempo para salir de la cama.

La puerta, confeccionada por el bisabuelo de doña Lucrecia con madera de olivo, estaba entreabierta. El cono de luz iluminaba los pies de la mujer, en la grotesca posición que otorga el rictus de la muerte.

Nadie en la villa ni en los cerros dejó de oírlo. Las cabras detuvieron su ramoneo y una golondrina asomó, alarmada, la cabeza del nido. Don Tirrino encaró la bajada que conducía a la Iglesia y pasaba por la taberna como si llevara el diablo en el cuerpo. Lo alcanzó a parar Miguelete, el más joven de los bomberos, quien a esa hora desayunaba su habitual bocadillo de tortilla. «Otro ataque de presión», pensó mientras trataba de inmovilizar al pobre hombre que no dejaba de retorcerse y gesticular. Con los ojos fuera de las órbitas, al fin alcanzó a decir: —Ña Lucrecia…

Estaba definitivamente muerta, vestida con su camisón floreado y una mañanita a medio anudar sobre los hombros. El pueblo entero, una treintena de almas, se congregó frente a su puerta.

Don Marcos, guardia civil en su juventud, detectó los círculos.

 —Puede tratarse de un homicidio —dijo y acotó—, que nadie toque nada hasta que llegue la policía.

El cura alcanzó a escuchar de casualidad. Venía rengueando por culpa de la gota, asistido por el báculo de caña que sus fieles le regalaran veinte años atrás.

—¿Cómo vamos a dejarla ahí tirada? —intervino algo agitado abriéndose paso—, al menos llevémosla adentro.

—Habría que «hacella la utosia» —se escuchó decir al gitano. Sesenta años en el pueblo no habían podido cambiarle la manera de hablar.

La casa estaba lo suficientemente ordenada como podía esperarse de una mujer octogenaria y sola. No había evidencias de lucha y todo parecía indicar que había resbalado por las escaleras. Aun así, don Marcos insistía en lo extraño de los círculos y hasta llegó a asegurar haber visto sombras sospechosas. Algunos se le unieron creyendo haber oído ruidos extraños y no faltó el imaginativo que mencionó alaridos.

El cura, alejado de la discusión, intentaba recordar algún pasaje bíblico para citar en el caso. El libro del Éxodo y la muerte de los primogénitos egipcios llegó a su gastada memoria como si se tratase de una iluminación. Estaba por mencionarlo cuando se percató de las diferencias: en primer lugar, la marca estaba en la casa del muerto y era improbable que Dios la hubiese matado por justicia. Por último, los que habían querido abandonar San Cosme, ya lo habían hecho hacía años y en total libertad. Sin embargo, estaba convencido de que entre los círculos y la muerte existía una relación. En lo profundo de su corazón bendijo aquel suceso. Era hora que algo prodigioso pasara en aquel villorrio. No importaba si provenía de Dios o del maléfico. Salvo entierros y extremaunciones, su trabajo se reducía a las misas dominicales y fiestas de guardar y a las celebraciones del Santo Patrono. La última vez que había utilizado la pila bautismal había sido para doña Lucía, la pastora, a quien se le había puesto en la cabeza haber parido un cordero y quiso que lo bautizaran. Él tuvo que seguirle la corriente porque la mujer tenía demencia senil. Quitando esos pequeños detalles, se trataba de gente muy buena, muy cercana a Dios. Quizás tuviera que ver en ello la edad y las comuniones acumuladas en tantos años. «Una por domingo, por cuatro al mes por doce, más las Fiestas Patronales, Navidad, Semana Santa», pensó. Estaba casi seguro de que, si comparaba las hostias consumidas con las colectas, la parroquia había perdido dinero. San Cosme agonizaba como pueblo.

La discusión entre los vecinos se había caldeado y el cura consideró que, si Dios lo había puesto allí, en ese momento, era por algo. Entonces impuso su voz de barítono, habituado a cantar salmos y dijo:

—Es posible que Dios nos quiera enviar una señal, o tal vez el demonio —todos se miraron. —Dios nos habla como habló a Moisés —el murmullo creció y debió casi gritar. —Por caridad hacia nuestra hermana, deberíamos darle cristiana sepultura, de polvo somos y al polvo volveremos.

Por un instante habían esperado que el cura develara el misterio de una manera razonable, pero era evidente que no cambiaba abajo del púlpito, empezaba con la Biblia y acababa en cualquier lugar.

—Pero como miembro de esta comunidad, creo que se debe aclarar este singular y penoso suceso… —La mayoría comenzó a irse.

El cuerpo de doña Lucrecia fue acondicionado en el furgón de los bomberos para ser llevado a Umbellona a fin de practicarle la autopsia. Don Tirrino viajó en la ambulancia comunal hacia el mismo destino. Los ojos no habían vuelto a su sitio pese al suministro de oxígeno. Luego de evaluar la situación, optaron por mandarlos en vehículos diferentes, pese al despilfarro de combustible. No fuera a ser que la presencia del cuerpo exánime acabara de matarlo.

San Cosme no volvió a la normalidad ni mucho menos. Divididos en varios grupos, cada uno tenía su propia versión de los hechos. La Iglesia y la Taberna permanecieron abiertas hasta muy tarde esa noche, esperando noticias. En Umbellona no sabían nada de una muerta con camisón floreado y un hombre gaviota adosado a un tubo de oxígeno. Nadie madrugó a la mañana siguiente.

La temperatura había descendido mucho. Cuatro cruces rojas y dos círculos idénticos a los anteriores aparecieron pintados en las paredes de la calle principal. Don Roque fue hallado muerto en su cama sin signos aparentes de violencia. No había círculos ni cruces frente a su casa.

El cura, el delegado comunal, don Marcos y el gitano decidieron que ya era demasiado y optaron por llamar a la Policía Nacional. Intentaron desde la Iglesia que no pagaba, luego desde el bar mientras bebían un carajillo y por último golpearon puerta por puerta de quien tuviese un teléfono. Ninguno funcionaba.

San Cosme, por su tamaño y cantidad de habitantes, no tenía ayuntamiento pro- pio, ni hospital ni farmacia. Dependía en todo de Umbellona, floreciente ciudad ubicada a unos treinta kilómetros más abajo, por un camino que serpenteaba entre montañas y bosques. Don Eustaquio, el delegado, ejercía la función de alcalde vitalicio. Organizaba las fiestas patronales y llevaba las cuentas oficiales del poblado. Hacía de Registro Civil, Oficina de Recaudaciones y director del Cementerio.

—Yo bajaré a por ayuda —dijo estirándose la chaqueta de gabardina.

—Y yo lo acompaño —replicó el cura, siguiendo el impulso ancestral de que la Iglesia y el poder político deben funcionar en íntima relación.

Don Marcos y el gitano vieron incrementar su poder al ausentarse las autoridades máximas del pueblo. El resto de vecinos los miraron con una misma pregunta en los ojos. «¿Y ahora qué?» La única ajena era la viuda de don Roque que no dejaba de suspirar y temblar.

—Haremos una asamblea —dijo don Marcos luego de meditar que ya estaban en democracia.

—¡Esso! —apoyó el gitano—. En el bar.

La viuda fue instalada cerca de la estufa para que dejara de temblar. Un carajillo con doble medida de brandy, ayudó bastante. El resto juntó las mesas y ordenó al cantinero bocadillos de jamón, aceitunas, chorizo, tortilla de patatas, raciones de callos, sardinas de casco con huevos y boquerones en vinagre. El vino para bajar todo eso no hizo falta pedirlo.

Doña Josefa y varios más apoyaron al cura en lo de la señal divina o diabólica. El resto se inclinó a aceptar teorías más mundanas. El ataque extraterrestre fue desestimado y cobró fuerza por lo convulsionado del mundo la opción de un ataque terrorista. La estratégica situación geográfica de San Cosme Curador, así lo sugería. Por mayoría decidieron que había que vigilar y armarse hasta que viniese la ayuda, suponiendo que el cura y don Eustaquio hubiesen logrado llegar a Umbellona.

La inquietud trepó por los muros hasta los tejados. Algunos intentaron ahogarla en el bar cambiando de canales el televisor y bebiendo cerveza, vino y caña de orujo. Nadie en el mundo parecía darse cuenta de lo que ocurría en San Cosme.

A las tres de la tarde se cortó la señal. El gitano, ebrio como una cuba, salió a la calle con la escopeta de dos tiros. Don Marcos fijó turnos de dos horas de imaginaria, en grupos de cuatro. Todas las armas estaban dispuestas, incluidas palas, horquillas y garrotes. A las 6.45 a.m. se dio la alarma. Un camión y dos furgonetas avanzaban al amparo de la penumbra hacia San Cosme Curador.

—Quizás sea el Ejército —susurró doña María esperanzada.

—¡Qué va! —contestó su esposo acariciando el gatillo de la carabina.

—Dejémosles que se acerquen —ordenó don Marcos.

Los vehículos se detuvieron en el extremo norte del pueblo, justo por donde los esperaban. Una docena de hombres descendieron. Vestían uniformes desconocidos.

—Esos no son de los nuestros —susurró don Segundino.

—¡Todos a una! —gritó don Marcos.

Los titulares de los periódicos del mundo y las emisoras de radio y televisión se hicieron eco de la noticia:

30 de marzo, 1977. «En un confuso incidente, perdieron la vida cinco empleados de una compañía telefónica y otros cuatro resultaron con heridas diversas. El hecho se produjo cuando procedían a instalar nuevas cabinas telefónicas y repetidoras de televisión en el pequeño pueblo de San Cosme Curador, situado 30 km al norte de Umbellona. En apariencia los lugareños confundieron las marcas donde irían instaladas las nuevas cabinas y postes con signos demoníacos, aunque no hay información oficial…» 


Agradecemos a Ricardo Lampugnani que nos comparta este cuento, lleno de suspense… 😎

Es un escrito formidable, repleto de descripciones que nos traslada al rústico pueblo de «San Cosme Curador».

Muchas gracias a todos por leernos, que es sentirnos y despertar la imaginación junto a nosotros ✅😉


Publicado por escribelandia

Emprendimientos Creativos

5 comentarios sobre “Las marcas de San Cosme Curador, cuento de Ricardo Lampugnani.

  1. Lo que me he podido reir, Ricardo. Muy buena construcción y con un hilo, al que seguimos como Teseo, que nos lleva al absurdo, a veces, de los pensamientos. No muy alejado del Mundo actual. Buen trabajo. Enhorabuena.
    Victoria Eugenia, el nivel sigue alto.

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    1. Querido Rufino, el nivel de escritura es como la vida, a medida que practicamos mejora 🤓 Tengo muchas ganas de que vuelvas a escribir junto a nosotros y estás invitado a ello siempre. Un abrazo enorme 🤗

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    1. La agradecida soy yo por compartir contigo estos momentos en los que las letras son símbolo de unión y afecto escritor. Hago lo posible para que cada uno de vosotros brille y logre alcanzar nuevas metas en buena compañía. Un abrazo enorme, Ricardo. Gracias.

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